-La presidenta Cristina Fernández encabezó la semana pasada la presentación de la Agenda Digital argentina. ¿Cómo evalúa la iniciativa?
-Mucho se ha venido hablando y escribiendo desde distintos lugares en los últimos años sobre agenda digital en la Argentina. En este sentido, el reciente decreto presidencial debería ser visto, nada más ni nada menos, como el punto de partida para una estrategia articulada de inserción del país en la llamada sociedad de la información y del conocimiento.
-En ese sentido, ¿cuál es el desafío de esa estrategia?
-El principal desafío consiste en ir más allá de las declaraciones formales y reducir la importante brecha que existe entre las intenciones y las acciones concretas. Si bien la elaboración de esta agenda digital parece correcta y hasta deseable, suena incompleta si no se perciben y se trabaja sobre los determinantes políticos e institucionales que enmarcan cualquier iniciativa de desarrollo digital.
-¿Cuáles serían esos determinantes?
-La importancia de definir un grupo de trabajo multisectorial, de acuerdo al decreto 512/09, que impulse una estrategia de desarrollo digital. Es necesario alertar sobre la imperiosa necesidad de dotar a este grupo de los recursos económicos, humanos, materiales y simbólicos para que pueda asumir el desafío de gestionar la complejidad de las acciones a realizar. Invertir recursos, no sólo económicos, implica asumir costos. El reconocimiento de esta conflictividad inherente sirve para alertar de los peligros que conlleva fomentar la conjunción de esfuerzos guiados exclusivamente por la apelación a la buena voluntad y a los lugares comunes.
-¿De qué depende el éxito de una estrategia digital para un país como la Argentina?
-La calidad de las políticas orientadas al desarrollo digital depende fundamentalmente de actores con horizontes temporales relativamente largos, así como de escenarios institucionalizados para la discusión y negociación de acuerdos. Este constituye un requisito difícil, aunque no imposible, de conseguir, teniendo en cuenta la multiplicidad de actores involucrados, con diferentes objetivos e intereses, una amplia variedad de ámbitos en los que interactúan y una diversidad de reglas de juego a partir de las cuales operan. Si no se presta suficiente atención a estos problemas de acción colectiva, cualquier iniciativa de desarrollo digital está condenada al fracaso.
-¿Conviene replicar modelos cuando pensamos en agendas digitales?
-Existen importantes experiencias internacionales de desarrollo digital. El problema radica en que querer copiar estas experiencias exitosas, sin reconocer las propiedades de cada caso y su contexto, termina llevando al fracaso de los intentos. Los presupuestos reduccionistas de tipo inductivo, como las “buenas prácticas”, muy presentes en determinados ámbitos de toma de decisiones, tienden a asumir que contenidos y resultados específicos de desarrollo digital tienen validez independientemente del tiempo y del espacio en el que se insertan. Al no reconocer las especificidades propias de nuestra sociedad, se tienden a proponer acciones que, aunque pueden ser pertinentes para algunos casos, se muestran desajustadas para otros, ya que se presentan débiles a la hora de identificar elementos contextuales que enmarcan y condicionan a las acciones de desarrollo digital. No existen fórmulas de desarrollo digital legítimas en todo momento y lugar.
-Da la sensación que cuando se habla de agenda digital se habla de tecnología, no de políticas públicas…
-Integrar a un país a la sociedad de la información y del conocimiento no es un problema tecnológico sino fundamentalmente político. El desarrollo digital no se realiza por ley ni por decreto. Será motivo de celebración la agenda digital si y sólo si contribuye a reflexionar acerca de la importancia de cerrar la elevada brecha entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.